miércoles, 30 de noviembre de 2016

Charla con Humberto Parra, pintor taurino

Humberto Parra: “Una obra de arte se defiende por sí sola”

Charlamos con el pintor taurino Humberto Parra sobre pintura y toros



Humberto Parra (Lima, 1960) es un pintor especializado en cuadros de temática taurina. Está asentado en El Puerto de Santa María (Cádiz). Hoy es una figura conocida en todos los ambientes taurinos, especialmente los de las grandes ferias. En su ciudad de acogida se desenvuelve como un portuense más y es fácil encontrarlo en cualquier evento de alguna peña taurina. En uno de ellos quedamos para charlar con tranquilidad. El día de la cita fuimos puntuales los dos.

¿Cómo se desarrolló tu infancia y cómo surgió tu afición?

La mía fue una infancia normal. Nací en el Balneario de Barranco, la tierra de Chabuca Granda, al lado del mar, sintiendo su brisa y su sonido. Allí el cielo es gris porque, como no llueve, hay una neblina permanente que no deja ver el azul celeste. Cuando Rafael Puga ganó el Escapulario de Lima y empezó a salir en la prensa y en la televisión me pregunté de qué iba esto. Comencé a frecuentar la plaza de toros y me acabé metiendo en este mundillo. Estuve toreando, sin caballos y con caballos, durante tres años.

¿Qué fue de tu carrera taurina?

Puga me dio la alternativa en un pueblo de Perú pero la renuncié a continuación porque quería intentar la aventura en España como novillero. En 1983 vine con 1500 pesetas en el bolsillo, lo que no era tarea fácil y me hizo pasar algunas aventuras, que resultaron enriquecedoras. Aquí estuve de novillero durante tres años en los que tuve la suerte de convivir con Pepe Manzanares y con Juanito Belmonte, que me acercaron un poco a la élite del torero y, con el tiempo, pude frecuentar a Antonio Ordóñez. Pude torear con regularidad pero no con la frecuencia que quería.



¿Cómo fue tu formación pictórica?

Por suerte, en Lima, mientras era novillero estudié Bellas Artes. Al principio nadie apuesta por ti, lo que genera dudas. Pintaba sin exponer pero cuando colgué los trastos y, tras diversas ocupaciones, hice mi primera exposición se sorprendieron los que sólo me conocían como novillero. Dada la fusión de los dos conocimientos, el de la tauromaquia y el del arte, mi pintura creo que tiene una personalidad clara.

¿Qué pintores de la Historia de la Pintura te atraen?

Cuando estaba en Lima admiraba a Rubens, Velázquez, Goya y los italianos (Boticelli, Miguel Ángel); los seguía por los libros y las revistas. Luego pude verlos en los museos. En la pintura taurina, Roberto Domingo marcó un antes y un después; antes había una monotonía, con pocos puntos en alza y él la enriqueció con el movimiento. Yo pretendo llevar a la pintura no sólo los muletazos sino lo que sucede dentro y los matices que la gente no percibe a diario.

Háblanos de tu estilo, tus técnicas y tus soportes.

En cuanto a estilo, soy más impresionista; trato de recoger la impresión del momento, la luz o la oscuridad y también trato de recoger el antes y el después. De técnicas, he hecho óleo y ahora estoy trabajando más con el gouache, que tiene la ventaja de que con el pincel vas dibujando y creas un clima en la obra que parece que es una mezcla de técnicas. La acuarela también la practico mucho. El dibujo me importa, es básico, pero el carboncillo lo uso sólo en bocetos, porque en obras definitivas, a pesar de su mucho trabajo, el público no lo valora. En soportes, uso tanto tela como paspartús, que viene de Inglaterra a través de Gibraltar, y es de gran calidad.



¿Cómo fue el traslado a España? ¿Por qué asentarte en El Puerto de Santa María?

Vine como torero y me pasé treinta años sin volver a Perú. Mis compañeros de generación se hicieron todos banderilleros, Caba, Carmelo, Julián Maestro, Abel Oliva...; el único que triunfó como matador fue Manuel Díaz El Cordobés. Elegí El Puerto porque una noche lluviosa llegué en tren y al coger un taxi, el taxista, al que no conocía, me preguntó "¿a casa?". Percibí una sensación de familiaridad que me vinculó a esta ciudad, que me llevó a decidir que no hacía falta buscar más; me convirtió en cómplice de El Puerto.

¿Cómo es tu vida en un día normal?

En esta época toca preparar material para la campaña que viene. Es un constante buscar ideas. Cada temporada elijo una frase adecuada que sirva de nexo a toda la obra expuesta. Estoy buscando los toreros que están funcionando para apostar por ellos; el año que viene lo tengo más fácil porque un paisano mío está destacando, Morante sigue en un momento dulce y José Tomás las pocas veces que se anuncia hace disfrutar.

¿Cómo surgió la idea de hacer exposiciones en los hoteles de las ciudades en feria?

No lo inventé yo; cuando empecé ya era tradición exponer en los hoteles más emblemáticos. Antes hacía más viajes pero luego empecé a seleccionar. Cada año, expongo en Castellón en marzo, Sevilla en abril, Valencia en julio, Bilbao o Málaga en agosto y Ronda en septiembre.



¿Has hecho exposiciones en otras salas fuera de los hoteles y de las ferias taurinas?

Sí he expuesto en galerías y salas culturales. Últimamente no me prodigo en galerías, porque tienen una política con la que no estoy de acuerdo. Aquí en Cádiz, hace años expuse en Benot; también expuse en otra sala, en donde me encontré con un profesor que llevaba a un grupo de alumnos y les explicaba mi uso del gouache, distinto de lo que él les había explicado en clase, reconociendo su equivocación.

¿Has participado en concursos de pintura?

No, no me gustan.

¿Qué otros temas abarca tu obra?

Suelo pintar todos los temas, pero con la pintura taurina he logrado hacerme una firma. Por suerte, decir Humberto Parra es relacionarme con los toros. Cuadros con otros temas, desnudos, paisajes, marinas, retratos…, los hago por encargo.

¿Qué torero te gusta repetir más en tu obra?

Me lo pones fácil. Hay toreros que tienen una personalidad muy acusada y te ayudan; con dos trazos defines el esquema y si luego lo acompañas con el color brilla más. Ahí están Curro, Paula, Tomás, Morante...



¿Tu estilo está consolidado o sigue en evolución?

Está en evolución constante. Si comparo un cuadro mío de hace diez años con uno actual, hoy hay más limpieza en el trazo, más seguridad. Las manchas de ahora no son como las de antes; antes manchaba más y hoy una pequeña mancha define un cuadro. Voy buscando decir más con menos trazos. Esa evolución sigue porque los artistas nunca terminan de aprender; eso es lo bonito. Cuanto más sabes más te queda por saber.

¿Tienes agente artístico o vendes directamente?

No, directamente yo. Los clientes quieren conocer al artista. Aunque esté la barrera del idioma, mostrar el cuadro facilita la adquisición. Lo que me llama la atención es que en la mitad norte de España los despachos de los profesionales liberales están con cuadros en las paredes, incluso cuadros de pintura taurina; en la mitad sur los despachos están llenos de diplomas que acreditan la asistencia a cursillos y, si acaso, cuelgan alguna lámina.

¿Algún cliente tuyo es conocido del gran público?

Hay una obra mía en la Casa del Rey. Un año en que el rey asistió a la goyesca de Ronda Antonio Ordóñez fue invitado a ir, con su mujer, a Palacio y decidió llevar de regalo un cuadro mío que él me había encargado meses antes; nunca podré agradecérselo bastante. Aparte, casi todos los toreros son clientes míos.



¿Hay en el público de El Puerto y de la provincia cultura pictórica?

Yo no la veo y es una pena porque hay mucho talento por las calles. En la ciudad y en la provincia hay poca atención por la cultura, por la historia. Se ve un deterioro día a día. En Italia una piedra es cuidada, porque es su historia. En España hay ciudades como Bilbao o Valencia que han tenido un cambio a mejor en los últimos treinta años pero por aquí habría que tirarle de las orejas a alguien.

¿Veremos cuadros tuyos en algún museo?

Espero que sí. Trabajo para ello pero no lo busco, llegará. Eso lo decide el público. Yo sigo trabajando.

¿Qué lugar ocupa la pintura taurina dentro de la Pintura?

Hay un espacio para la pintura taurina pero no está muy abrigada. Antes los pintores eran pintores en general y tocaban el tema taurino pero es Roberto Domingo quien cambió totalmente el lenguaje y los demás bebimos de su forma de interpretar la pintura. Por aquí sigue habiendo en los hogares muchas láminas pero no cuadros. Depende de nosotros mismos el hacer que la pintura taurina sea valorada.



¿Cómo está la pintura española actual dentro del panorama mundial?

Está muy respetada pero no creo en los galeristas. A las galerías van los que compran como inversión. Creo que hay que comprar lo que gusta y si el cliente se equivoca, se equivoca con lo que le gusta. Los galeristas apuestan por donde se mueve el mercado y pintores de valor pueden ser dejados de lado porque van por caminos distintos.

Compara la pintura española actual con la peruana.

Llevo treinta y cinco años en España y puedo hablar poco. Estoy los últimos cinco años yendo allá y veo que hay un cambio social pero pictóricamente no hay tanto cambio como en Europa. Allí van a rebufo de lo que se hace aquí. Ellos no marcan moda, se limitan a copiarla.

¿Cómo ves la fiesta de los toros en este momento?

La veo de modo positivo. Hay cambios, pero cambios en desorden. Dentro de ese cambio han llegado los antitaurinos, que están organizados mientras los taurinos no lo estamos; ellos, sin tener idea, hablan y nosotros, sabiendo, no hablamos. Por otro lado, hoy se torea técnicamente mejor que antes, pero los toreros jóvenes tendrían que aprender a vivir antes de expresarse con el toreo, para no moverse de modo mecanizado. Es la emoción lo que atrae y pone de acuerdo a cualquier espectador de cualquier parte del mundo.



¿Cómo defenderías a la fiesta delante de un extraño?

No pretendería convencerlo. Lo llevaría a una corrida para motivarlo y si lo que ve en el ruedo le convence, es buena señal. Cuando una obra, para ser comprendida, necesita ser defendida, malo; una obra de arte tiene que defenderse por sí sola.

Hasta aquí llegó más o menos la charla sobre pintura y toros con Humberto Parra, el novillero y pintor taurino. Volveremos a hablar de él otro día con motivo de cualquier exposición por esas ferias de España. Nos despedimos y él se va “a casa”, que está en El Puerto de Santa María.





lunes, 28 de noviembre de 2016

Adriano del Valle: A Álvaro Domecq

¡Qué porte! ¡Qué señorío!
¡Qué fuerte mano en la brida!
¡Qué corveta a la salida!
¡Qué aplauso en el graderío!

La espuela acelera el brío
de un bridón de pelo bayo…
El embroque, de soslayo.
Álvaro centra la Plaza.
Con el aire de su raza,
toda España está a caballo.


domingo, 27 de noviembre de 2016

Mario Vargas Llosa: Protesta taurina



En los toros hay una violencia que para muchas personas es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que alguien quisiera obligar a nadie asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que quienes quisieran acabar con los toros traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería en la que se expresaría “el alma-hecha-gesto de la españolez”. No entiendo lo que esta frase quiere decir, pero sí la intención que la mueve y ella es un puro disparate. “La españolez” (una entelequia que expresaría la esencia metafísica de todo lo español) en primer lugar no existe, y, en segundo, si existiera, estaría tan fracturada respecto a las corridas de toros como sabemos muy bien que lo está España.

Lo taurino tiene un arraigo mucho mayor que la geografía castellana y llega, por ejemplo, hasta Suecia, donde, la última vez que estuve en Estocolmo, descubrí una peña taurina con varios cientos de afiliados. Ortega y Gasset y Fernando Savater han escrito ensayos que ayudan a entender la complejidad de la fiesta, su entraña sociológica, su reverberación tradicional y mítica, sus raíces psicológicas y su valencia artística. No hay nada de ridículo en utilizar la perspectiva taurina para estudiar, por ejemplo, la filiación que enlaza a España con la mitología de Creta y Grecia y llega, pasando por Goya, hasta Picasso y García Lorca, en la que destaca como protagonista la noble estampa del toro de lidia.

Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo.

(“El País”)

sábado, 26 de noviembre de 2016

José Ortega y Gasset: Epílogo para Domingo Ortega


Constituyen toro y torero lo que los matemáticos llaman un «grupo de transformación», y lo así llamado es tema de una de las disciplinas más abstrusas y fundamentales de la ciencia matemática. Y como es sabido que la geometría reclama en sus cultivadores una peculiarísima dote nativa para la intuición de las relaciones espaciales, ello acontece también con la geometría del toreo. Solo que esta es una geometría actuada. En la terminología taurina, en vez de espacios y sistemas de puntos, se habla de «terrenos», y esta intuición de los terrenos —el del toro y el del torero— es el don congénito y básico que el gran torero trae al mundo. Merced a él sabe estar siempre en su sitio, porque ha anticipado infaliblemente el sitio que va a ocupar el animal.

Todo lo demás, aun siendo importante, es secundario: valor, gracia, agilidad de músculo. El esfuerzo y un continuado ejercicio permiten que quien carece de ese don llegue a aprender algunos rudimentos de la ciencia de los terrenos y consiga realizar, sin ser atropellado, algunas suertes gruesas como los capotazos de los peones. Pero el toreo auténtico y pleno presupone ineludiblemente aquella extraña inspiración cinemática que es, a mi juicio, el más sustantivo talento del gran torero. Por eso la excelencia de este aparece inmediatamente desde sus primeras actuaciones. Tampoco el torero se hace, sino que nace.

Pero si no decimos más, esa intuición de los terrenos queda ante nosotros como un puro enigma y, ciertamente, todos los talentos tienen un fondo intransparente. Sin embargo, creo que puede esclarecerse un poco el asunto si nos preguntamos cuál es el componente primario de aquel don. La respuesta sonará al pronto con son de gran perogrullada, pero no lo es. Ese componente primario de la intuición tauromáquica no es geométrico, sino psicológico: es la comprensión del toro. No nos referimos al conocimiento de las varias propensiones que los toros manifiestan en su comportamiento. Este conocimiento no es nativo. Se adquiere en larga experiencia, en suma, se hace. La «comprensión del toro», lo que en ella se comprende cuando se comprende, es su condición genérica de toro.

Ahora bien, el toro es el animal que embiste. Comprenderlo es comprender su embestir. Esto es lo que sonará a perogrullada, porque se da por supuesto que todo el mundo «comprende» la embestida del cornúpeta. Mas el aficionado que en un tentadero se ha puesto alguna vez delante de un becerro añojo saliendo casi indefectiblemente atropellado, si reflexiona un poco sobre su fiasco caerá en la cuenta de que la cosa no es tan perogrullesca. Porque sabe muy bien que no fue el miedo la causa de su torpeza. Un añojo no es máquina suficiente para engendrar temblores. La frustración fue debida a que no «comprendió» la acometida de la res. La vio como el avance de un animal en furia y creyó que la furia del toro es, como la del hombre, ciega. Por eso no supo qué hacer y, en efecto, si el embestir fiel del toro fuera ciego, no habría nada que hacer, como no sea intentar la huida.

Pero la furia en el hombre es un estado anormal que le deshumaniza y con frecuencia suspende su facultad de percatarse. Mas en el toro la furia no es un estado anormal, sino su condición más constitutiva en que llega al grado máximo de sus potencias vitales, entre ellas la visión. El toro es el profesional de la furia y su embestida, lejos de ser ciega, se dirige clarividente al objeto que la provoca, con una acuidad tal que reacciona a los menores movimientos y desplazamientos de este. Su furia es, pues, una furia dirigida. Y porque es en el toro dirigida se hace dirigible por parte del torero.

Esto es tan sencillo de decir como de entender y se ha dicho incontables veces y se ha entendido otras tantas. Pero con ello no se ha hecho sino entender unas palabras y absorber una definición, cosas ambas que nada sirven prácticamente delante de un res brava. Lo que hace falta es comprender la embestida en todo momento conforme va efectuándose, y esto implica una compenetración genial, espontánea y valdría decir que instintiva entre el hombre y el animal.

Eso es la comprensión del toro, el don primigenio que el torero de gran fondo encuentra dentro de sí, sin saber cómo, apenas comienza a capear. Como todo lo que es elemental, suele ser dejado a la espalda cuando se intenta esclarecer el misterio de la tauromaquia, pero es evidente que solo ese don hace posible, de un lado, la intuición de los terrenos, y de otro, el valor del torero. Aquella, porque solo entonces tienen para el hombre los movimientos furiosos del toro una dirección precisa y una ley que permiten anticipar su desarrollo y acomodar a este el propio movimiento o la propia quietud.

El valor en el gran torero no tiene nada que ver con la insconsciencia de cualquier mozo insensato, sino que en todo instante se halla bien fundado, fundado en la lúcida percepción de lo que el toro esté queriendo hacer. Como la furia del astado es clarividente, lo es también el valor del diestro ejemplar. No pueden ser las cosas de otra manera para que se produzca esa sorprendente unidad entre los dos antagonistas que toda suerte normalmente lograda manifiesta. Ante la furia del bravío animal el aficionado o el mal torero se limitan, cuando más, a articular un ensayo de fuga. El torero egregio, en cambio, se apoya en esa furia como en un muelle y es ella quien sostiene su actuación. Torear bien es hacer que no se desperdicie nada en la embestida del animal, sino que el torero la absorba y gobierne íntegra.

Vicente Aleixandre: Corrida en el pueblo


Los brazos se alzan. Toro, toro, ¡embiste!
Trozos pesados de materia inerte
barren como una capa aquella sombra.
¡Ooo… lé!
¿Dónde está el toro? Un cuerno
viene en el aire.
¡Ooo… lé!

Los garapullos se levantan; bríndenle
colores frescos a un testuz cansado.
“¿Voy o no voy? Oh verde prado,
oh margaritas del ayer. Oh, corro…
La música no engaña”. ¿Qué? Algo ha ardido.
Algo sigue quemando. Oh, cielos. Alza
por vez primera su testuz al cielo,
y muge. Oh, este becerro que una mano pide.
¡Pasa! ¡Vuelve a pasar! ¿Quién manda?
La espesa tela roza largamente,
y los ollares soplan. Sangre gruesa;
un tábano. Voz sola. Ahora un silencio.
La figurilla
vuelve destacada.

Rafael Duyos: Antonio Ordóñez



Estaba la verónica esperando
que se abriese un percal con maestría
y le diera a la sal de Andalucía
coraje y miel que andaban ya faltando…

Estaba la muleta -¿desde cuándo,
desde Juan y José…?- sin luz ni guía,
sin saber a qué joven dinastía
la Tauromaquia ofrendaría el mando…

Y de Ronda llegó el que, en una sola,
viejas escuelas junta al nuevo modo,
¡y Córdoba y Sevilla, enmudecieron!

Y una espada con temple a la española,
mostró que Antonio Ordóñez lo era ¡todo!,
¡señor y rey tras los que ayer lo fueron!

Francisco Montero Galvache: Chicuelina


Caracol o faralá
a la hombrera o la rodilla,
ola de azucena, brilla
en la mar del allá va,
esa espuma o ajajá
con que en la capa germina,
nieto de la serpentina,
ese alegre girasol,
celda torera del sol,
al que llaman chicuelina.

José Zorrilla: El picador



Con el hirviente resoplido moja
el ronco toro la tostada arena,
la vista en el jinete, alta y serena,
ancho espacio buscando al asta roja.

Su arranque, audaz a recibir se arroja
pálida de valor la faz morena,
e hincha en la frente la robusta vena
el picador, a quien el tiempo enoja.

Duda la fiera, el español la llama,
sacude el toro la enastada frente,
la tierra escarba, sopla y desparrama;

le obliga el hombre, parte de repente,
y herido en la cerviz, húyele y brama,
y en grito universal rompe la gente.

Geredo Diego: Torerillo en Triana


Torerillo en Triana,
frente a Sevilla.
Cántale a la sultana
tu seguidilla.

Sultana de mis penas
y mi esperanza.
Plaza de las Arenas
de la Maestranza.

Arenas amarillas,
palcos de oro.
Quién viera a las mulillas
llevarse el toro.

Relumbrar de faroles
por mí encendidos.
Y un estallido de oles
en los tendidos.

Arenal de Sevilla,
Torre del Oro.
Azulejo a la orilla
del río moro.

Azulejo bermejo,
sol de la tarde.
No mientas, azulejo,
que soy cobarde.

Guadalquivir tan verde
de aceite antiguo.
Si el barquero me pierde
yo me santiguo.

La puente no la paso,
no la atravieso.
Envuelto en oro y raso
no se hace eso.

Ay, río de Triana,
muerto entre luces.
No embarca la chalana
los andaluces.

Ay, río de Sevilla,
quién te cruzase
sin que mi zapatilla
se me mojase.

Zapatilla escotada
para el estribo.
Media rosa estirada
y alamar vivo.

Tabaco y oro. Faja
salmón. Montera.
Tirilla verde baja
por la chorrera.

Capote de paseo.
Seda amarilla.
Prieta para el toreo
la taleguilla.

La verónica cruje.
Suenan caireles.
Que nadie la dibuje.
Fuera pinceles.

Banderillas al quiebro.
Cose el miura
el arco que le enhebro
con la cintura.

Torneados en rueda,
tres naturales.
Y una hélice de seda
con arrabales.

Me perfilo. La espada.
Los dedos mojo.
Abanico y mirada.
Clavel y antojo.

En hombros por tu orilla,
Torre del Oro.
En tu azulejo brilla
sangre de toro.

Si salgo en la Maestranza,
te bordo un manto,
Virgen de la Esperanza,
de Viernes Santo.

Adiós, torero nuevo,
Triana y Sevilla,
que a Sanlúcar me llevo
tu seguidilla.

José Mª Pemán: El pase natural



Natural, escultural.
El brazo tenso, una cuerda de violín,
haciendo de la mano izquierda un jazmín,
lentamente su camino,
entre el cuerno y el destino,
lento, breve, quieto, fino,
con elegante alegría.
Eso es toda Andalucía.
Entre la vida y la muerte, la suerte,
ligera como una flor o un cristal.
Y el peligro y el valor y la trampa:
¡Natural!

Joaquín Sabina. Al maestro Antoñete


Esta tarde la sombra está que arde,
esta tarde comulga el más ateo,
esta tarde Antoñete (dios lo guarde)
desempolva la momia del toreo.

Esta tarde se plancha la muleta,
esta tarde se guarda la distancia,
esta tarde el mechón y la coleta
importan porque tienen importancia.

Esta tarde clarines rompehielos,
esta tarde hacen puente las tormentas,
esta tarde se atrasan los mundiales.

Esta tarde se mojan los pañuelos,
esta tarde, en su patio de Las Ventas,
descumple años Chenel por naturales.

García Lorca: La sangre derramada



¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.

No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
!Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Francisco Bejarano: El torero

¡Cuidado! Que está la Muerte
en los altos miradores
y un paso en falso pudiera
precipitarte en la Noche.

¿La noche? Si está la tarde
cubierta de resplandores
y el oro de mi vestido
teje un escudo de soles.

¡Cuidado! ¡Ay!,ya la Muerte
por oscuros corredores
lleva una rosa escarlata
fría en sus manos insomnes.

Francisco de Quevedo: A la fiesta de toros en día de nieve



Llueven calladas aguas en vellones
blancos las nubes mudas; pasa el día,
mas no sin majestad, en sombra fría,
y mira el sol, que esconde, en los balcones.

No admiten el invierno corazones
asistidos de ardiente valentía;
que influye la española monarquía
fuerza igualmente en toros y rejones.

El blasón de Jarama, humedecida,
y ardiendo, la ancha frente en torva saña,
en sangre vierte la purpúrea vida.

Y lisonjera al grande rey de España,
la tempestad, en nieve obscurecida,
aplaudió al brazo, al fresno y a la caña.

Carlos Murciano: Niños y toros


Un celeste torerillo
vestido de verde y oro
se ha puesto a jugar al toro
en la mitad del anillo.
Torilero: abre el portillo,
que verdad no hay más que una
y así, si tiene fortuna
mañana dirá la crónica
que le dio media verónica
al Veragua de la luna.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Etiquetas de bebidas











Alfonso X el Sabio: Las Siete Partidas

"Venadores ni cazadores no deben ser los clérigos de cualquier orden que sean, ni deben
tener azores ni halcones, ni canes para cazar, pues desaguisada cosa es gastar en esto lo que
tienen que dar a los pobres, pero bien pueden pescar y cazar con redes, y armar lazos, pues tal
caza como esta no les es prohibida porque la pueden hacer sin canes, sin aves y sin ruido; mas
con todo eso deben usar de ella de manera que no se les impida por ella las oraciones, ni las horas
que tienen que decir. Otrosí no deben correr monte, ni lidiar con bestia brava, ni aventurarse con
ellas por precio que les den, pues el que lo hiciese sería de mala fama, pero si las bestias bravas
hiciesen daño en los hombres o en las mieses o en los ganados, los clérigos entonces bien las
pueden acosar y matar si les acaeciere" (Partida Primera, Título 6, Ley 47).

martes, 15 de noviembre de 2016

Estadística taurina de 2016

El año 2016 tiene para la tauromaquia española varios signos destacados. Por una lado podemos señalar que artísticamente ha emergido una nueva hornada de grandes toreros, que jurídicamente el Tribunal Constitucional ha dictaminado que los toros no se pueden prohibir ni en Cataluña ni en ningún otro lugar de España y que la nota negra ha sido la muerte del torero Víctor Barrio en julio. Por otro lado están las cifras frías de las estadísticas; el mercado taurino ha caído pero no tanto como otras disciplinas culturales.

El número de festejos mayores (corridas de toros, novilladas, toreo a caballo y festivales benéficos) cayó un 8,3% con respecto a 2015. Se han celebrado 1.050 tardes de toros, 95 menos. Al tiempo, los "festejos populares" están marcando récords históricos y se han disparado más del 16% en los dos últimos años, ya que muchos municipios pequeños están optando por sustituir las novilladas por encierros, que son más baratos.



Las corridas de toros han sido este año 443, 7 menos que en 2015 (-1,5%). Para ver la medida de esta cifra recordemos que en los 80, que no se considera un decenio de decadencia, la media fue de 476 corridas anuales, cifra parecida a la de este año. Los festejos de rejones han totalizado 195 (-4,8%) y se han celebrado 216 novilladas con picadores, 42 menos que el año anterior (-16,3%). Además, los festivales se han desplomado un 15,5%, por los costes que acarrean.

La reducción de los festejos celebrados en las plazas de toros se ha concentrado en cuatro autonomías: Madrid, Castilla-La Mancha (que se convierte en la más taurina de España, con 200 festejos), Castilla y León y Extremadura, que han celebrado 100 festejos menos que en 2015. En el resto de España, la tauromaquia repunta. No olvidemos que se han anulado muchascorridas por causas políticas, pero, al igual que el Constitucional, los juzgados locales han determinado en 2016 de forma categórica que abolir excede la "discrecionalidad municipal".